Antes del diagnóstico, estaba empezando una vida que había deseado durante mucho tiempo. Vivía en Australia, construía un hogar y una familia, y trabajaba para acercarme a mis sueños. Venía de pasar un tiempo en Ecuador, abrazando a mi familia y sintiendo esa cercanía que tanto necesitaba. También volvía con una ilusión enorme: acababa de comprometerme con el amor de mi vida. Era algo que me hacía muy feliz y me llenaba el corazón. Regresamos a Australia pensando que muchas cosas buenas estaban comenzando.
También era una Bianca insegura. Me comparaba y me costaba pensar en mí de una manera positiva. Vivía en una lucha constante con mi cuerpo y con la expectativa de cómo debía verme. Estaba intentando descubrir qué quería ser y hacer. Me sentía más feliz, independiente y fuerte, aunque muchas veces confundía ser fuerte con tener que poder con todo. Siempre he sido empática y comunicativa, pero todavía estaba aprendiendo a confiar en mí.
Creía que siempre querría vivir en Australia. Tenía planes, sueños y una vida que estaba empezando a construir. Antes del diagnóstico, también me daba miedo que algún día tuviera que enfrentar algo terminal o incurable, aunque no imaginaba que esa posibilidad pudiera acercarse tanto.
Si pudiera hablar con la Bianca de antes, le diría que tener miedo está bien. Que no tiene que ser la más fuerte todo el tiempo ni demostrarle nada a nadie. No necesita saber cómo atravesar cada cosa antes de vivirla.
Apenas tres meses después de regresar de Ecuador, llegó el diagnóstico. Y con esa noticia, la vida que yo creía estar empezando tomó otro rumbo.